Transición demográfica y desarrollo humano
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Frente a la duración de los grandes ciclos de la historia, la vida humana resulta demasiado corta para poder reconocerlos de manera tal que, sin detectar el cambio, suele proponerse una explicación natural a la evolución que imagina constante, válida para todos los tiempos, porque, después de todo, los hombres pensamos para obtener certidumbres. Esto le sucedió a Malthus que nacido en 1766, vivió los momentos iniciales de la revolución industrial y el crecimiento de la pobreza urbana. Según su interpretación, la aceleración del crecimiento de la población tenía por causa el desenfreno sexual y la pobreza surgía porque la producción de alimentos no podía aumentar al mismo ritmo.
Malthus no supo, ni podía saber, que era testigo del inicio de la transición demográfica (1) que luego formaría parte de todos los procesos de desarrollo urbano industrial hasta ahora ocurridos. La conciencia colectiva del momento había sido forjada durante siglos en los cuales el crecimiento de la población además de ser lento había sido discontinuo(2).
Marx odiaba a Malthus por colocar la responsabilidad de la pobreza en la conducta de los mismos pobres pero impactado también por la aceleración del crecimiento demográfico, proclamó haber descubierto la ley demográfica específica del capitalismo. Nada tenían que ver según pensó, el aumento de la producción agrícola, el descenso de la mortalidad y el mantenimiento constante de la natalidad(3) ; lo decisivo era según él, que el capitalismo requería de una sobrepoblación que redujera los salarios y facilitara la explotación. Sin este elemento, la correlación de fuerzas variaría, la demanda de trabajadores superaría la oferta y al subir los salarios la pobreza disminuiría.
Pero a la reducción de la mortalidad le siguió la disminución de la natalidad y con ello la producción de pobres comenzó a disminuir. La certidumbre revolucionaria comenzó a resquebrajarse, surgieron los revisionismos y para salvar el descubrimiento revolucionario tuvieron que inventarse teorías complementarias y así explicar revolucionariamente la existencia del capitalismo sin pobreza(4) .
Mientras tanto, la demografía siguió haciendo su camino y se cambió la faz de los países industriales. No solamente el crecimiento de la población total volvió a ser muy lenta cuando no negativo, sino que la emigración del campo a la ciudad terminó por casi extinguir la población rural secularmente productora de la población pobre y excedentaria. Este fenómeno ocurrió porque en la cuarta etapa de la transición demográfica, cuando el crecimiento de la población total vuelve a ser lento, se combinan dos hechos: a) la población urbana llega a ser largamente mayoritaria y puede absorber cada vez más emigrantes rurales y b) la población rural disminuye en términos absolutos porque la natalidad cada vez es menor y los emigrantes son cada vez más.
Dos ejemplos pueden mostrarnos el camino: Chile y España. En Chile, las tasas brutas de natalidad y mortalidad calculadas para el período 2000-2005 representaron 1.58% y 0.52% respectivamente; el crecimiento de la población total durante el período 1992-2002 fue de 1.26% por año pero la población rural disminuyó -0.85% anualmente(5) . Asimismo, entre 1990 y 2006, la incidencia de la población pobre disminuyó del 38.6% al 13.7% y la población indigente se redujo del 13.0% a 3.2%. En España las tasas brutas de natalidad y mortalidad correspondientes al 2006 representaron 1.10% y 0.84% respectivamente; el crecimiento de la población total durante el período 1991-2001 fue de 0.40% por año pero, al igual que en Chile, la población rural disminuyó -0.53% por año(6) . Asimismo, entre 1993 y 2000, la incidencia de la pobreza moderada descendió del 19.8% al 16.9% y la pobreza severa se redujo del 4.9% al 3.7%(7) .
El caso peruano
El Perú está culminando la tercera etapa de la transición demográfica. Es previsible que a partir de ahora el descenso absoluto de la población rural apoye con más fuerza la disminución de la pobreza pero el fenómeno permanece oculto, quizá porque va en contra de las creencias consolidadas que, como hemos visto, suelen mantenerse porque generan certidumbres. Es así que muchos piensan: en el Perú la transición ha generado la emigración pero sin producir los cambios positivos que produjo en Europa.
El descenso de la tasa bruta de mortalidad ha culminado prácticamente, en 1940 era de 2.7% y actualmente es 0.6% pero la tasa bruta de natalidad sigue siendo alta aunque haya descendido significativamente: 4.5% en 1940 y 2.3% en la actualidad(8) . Como consecuencia del desfase entre estos descensos se produjo la típica explosión demográfica y la población total peruana creció a una tasa anual de 1.9% entre 1940 y 1961, luego subió a su tasa máxima entre 1961 y 1972 (2.8%) y posteriormente ha ido descendiendo hasta 1.6%. Es decir, el pico de la explosión demográfica ya quedó atrás pero la tasa continúa siendo alta.
Que estamos comenzando a transitar la cuarta etapa de la transición demográfica se evidencia en el hecho de que la población rural ha dejado de crecer en términos absolutos y se ha mantenido prácticamente constante durante el último período intercensal: 6589,757 habitantes en 1993 y 6601,869 habitantes en el 2007. Es perfectamente previsible que a partir del próximo censo se obtengan cifras cada vez menores así que conviene ir reflexionando sobre los procesos sociales y económicos que serán inducidos por este cambio fundamental.
Debe mencionarse primero que durante el último período intercensal fueron 13 de 25 departamentos los que registraron una tasa negativa de crecimiento en su población rural y, por lo tanto, que en ellos ya pueden detectarse los cambios que habrán de universalizarse. En segunda instancia debe mencionarse que en ese lapso, la tasa de la población rural de ningún departamento superó la tasa media de la población total; por consiguiente, debe asumirse que la tasa neta de migración es negativa en todas las áreas rurales departamentales y que la emigración del campo hacia el campo terminó su protagonismo.
Se debe tener cuidado, sin embargo, al evaluar el impacto de la desaceleración demográfica rural sobre el promedio de los recursos disponibles ya que, mientras la población menor descendió del 44.0% en 1993 a 37.8%, la población en edad de trabajar (15 a 64 años) aumentó del 51.0% al 55.4% y la población mayor (64 a más años) aumentó de 5.0% a 6.7%. En otras palabras, el total de la población rural se mantuvo constante pero la población adulta creció así que, considerando que a nivel nacional la frontera agrícola se mantuvo relativamente constante, la dotación promedio de recursos disponible para la PEA disminuyó.
Claro que la situación se revertirá en el próximo período intercensal ya que confluirán dos tendencias independientes: el ascenso de las cohortes menores, cada vez más reducidas por la reducción de la fecundidad y el aumento en términos absolutos de la capacidad de atracción poseída por las ciudades que son cada vez más numerosas y más grandes. Considérese además que el ascenso de las cohortes menores no solamente reducirá el número de la PEA sino que, también, disminuirá el número de mujeres en edad reproductiva potenciando la disminución de la población ya registrada.
Temas nuevos en la agenda
Las modificaciones que están ocurriendo ponen sobre el tapete un conjunto de temas que deben ser afrontados con prontitud y seriedad. El primero, se refiere al aumento previsible de la tasa de mortalidad de los propietarios de tierras que cada vez serán más viejos y por lo tanto, se acelerará el reemplazo generacional fortaleciendo el mercado de tierras formal e informal. En 1994, el 53% de los productores agropecuarios individuales tenía más de 45 años, esta cohorte de propietarios debe bordear el 70% y como sus hijos son adultos mayoritariamente integrados a los mercados laborales urbanos, entonces, debe reconocerse que al momento de la herencia la compra venta de tierras aumentará y con ello la necesidad de formalizar los derechos de propiedad.
Esta tendencia producirá la concentración parcelaria de la propiedad puesto que solamente quienes pueden poner en marcha emprendimientos rentables desearán comprar la tierra; quienes rentabilizan la producción minifundista sobre la base de trabajo familiar no pagado se resistirán a comprar tierra que, para comenzar, deberán pagar en efectivo. Para ellos lo fundamental de su permanencia en la comunidad es solucionar precariamente sus necesidades residenciales y no hacer inversiones de largo plazo; lo mismo sucede con la ayuda familiar no remunerada, más jóvenes que podrán emigrar gracias a los recursos monetarios obtenidos a partir de la herencia.
Pero los productores excedentarios se convertirán de más en más, en compradores de tierras y con ello en demandantes de bienes y servicios asociados al incremento de la productividad. De manera muy especial, la asistencia técnica y la capacitación aumentarán significativamente su costo de oportunidad y lo mismo sucederá con el crédito que permita capitalizar la tierra (por ejemplo, mediante pequeños sistemas de riego).
Otra tendencia relevante estará constituida por el crecimiento de los pueblos capaces de concentrar servicios residenciales y productivos y atraer por consiguiente, a los pequeños agricultores que hoy constituyen población dispersa. Si el Estado como parte del fomento del desarrollo rural territorial, asume la tarea de fortalecer estos pueblos, reconocerá en la práctica que las actividades agropecuarias son mayoritarias en todas las ciudades pequeñas, hasta los 10 mil habitantes en la costa y la selva y hasta los 5 mil habitantes en la sierra(9). Actualmente de acuerdo con la definición censal utilizada, prácticamente se restringe la definición a la población dispersa pues basta que haya cien viviendas agrupadas para que se pretenda reconocer la existencia de una ciudad; incluso puede haber menos población si se trata de la capital distrital(10) .
Los planes de desarrollo rural podrán asumir el enfoque territorial gracias a este sinceramiento que permitirá entonces, promover lo rural al mismo tiempo que se abandonan visiones pesimistas y anacrónicas identificadas con la idealización de las aldeas. Y sobre todo, se abandonará el prejuicio según el cual los beneficios de la transición demográfica constituyen una tendencia exótica que no puede prosperar en nuestro país.
(1) El crecimiento de la población inglesa se acelera a partir de 1750 y se torna explosiva a partir de 1790. BAIROCH: 236.
(2) 0.2%anual según cifras citadas por BAIROCH: 236.
(3) Entre 1780 y 1880 la tasa bruta de mortalidad descendió de 28.6% a 21.4% mientras que la tasa bruta de natalidad solamente descendió de 37.7% a 35.4%. BAIROCH: 237.
(4) Cuando esto ya no fue posible, la certidumbre se hizo tercermundista.
(5) Esta reducción es más significativa ya que en Chile la población rural tiene una definición más amplia. Su definición combina la cantidad (dos mil habitantes) con la preeminencia de actividades no agropecuarias en centros poblados con más de mil habitantes y excepcionalmente incluye centros de turismo y recreación con más de 250 viviendas concentradas.
(6) En España la población rural corresponde a municipios con menos de 2 mil habitantes.
(7) En España se define la pobreza en relación a la mediana del ingreso percibido por el conjunto de la población; es pobre severo quien tiene hasta el 25% de la mediana y pobre moderado quien se ubica entre el 25% y 50% de la mediana. J.GONZALES y M.REQUENA: 221.
(8) WEB del INEI. Período 2000-2005.
(9) En la sierra la presencia de pequeñas ciudades mineras distorsiona el peso proporcional de lo agropecuario. INEI: Cuadro 6.01
(10) Ver Redimensionando la población rural en La Revista Agraria. CEPES. Noviembre 2008.
Bibliografía
1. BAIROCH, Paul. Revolución industrial y subdesarrollo. Editorial Siglo XXI. México 1967.
2. INE. CHILE: Estimaciones y Proyecciones de Población por Sexo y Edad. País Urbano-Rural. 1990-2020. Santiago, 2004.
3. INE.Población y Sociedad aspectos demográficos. 2008.
4. INE. Anuario estadístico de España. 2008.
5. GONZALES, Juan Jesús y REQUENA, Miguel. Tres décadas de cambio social en España. Alianza Editorial. Madrid, 2005.
6. VERGARA, Ricardo. La ciudad y el campo: ¿Una danza eterna? en Debate Agrario 13. Lima, 1992.
7. INEI. Dimensiones y características del crecimiento urbano en el Perú: 1961 1993. Lima, 1996.
8. La Revista Agraria. CEPES. Noviembre 2008.
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